Congelar queso es una práctica habitual en muchos hogares, sobre todo cuando se compra en cantidad o se busca extender su vida útil. El freezer permite conservarlo durante semanas e incluso meses, pero el momento de volver a usarlo suele generar dudas. Una descongelación incorrecta puede alterar la textura, provocar pérdida de humedad o derivar en un derretido desigual. En ese contexto, el microondas aparece como una solución rápida, siempre que se utilice con ciertos cuidados.
Antes de recurrir a este método, es importante entender que no todos los quesos reaccionan de la misma manera al frío ni al calor. Los quesos duros y semiduros, como reggianito, sardo o provolone, toleran mejor el congelado y la posterior descongelación, aunque es habitual que liberen algo de suero una vez descongelados. Los blandos o cremosos, en cambio, suelen perder firmeza y modificar su estructura interna, lo que no los vuelve inutilizables, pero sí diferentes al producto original.
En el caso de la mozzarella, uno de los que más se congela en el país por su uso frecuente en pizzas y preparaciones calientes, la recomendación general es dejarla descongelar de manera natural durante unas tres horas a temperatura ambiente. Ese proceso gradual ayuda a que el queso recupere parte de su elasticidad. Sin embargo, cuando el tiempo apremia o el olvido juega en contra, el microondas puede resolver la situación en pocos minutos.

El primer paso consiste en retirar el queso del freezer y quitarle todo tipo de envoltorio, ya sea plástico, papel o bolsa. Luego se debe colocar el bloque o porción en el centro de un plato grande apto para microondas. Este punto es clave para asegurar que el calor se distribuya de manera más pareja y evitar que algunas zonas se recalienten antes que otras.
Una vez dentro del microondas, el ajuste de potencia es determinante. Si el electrodoméstico cuenta con una función específica, conviene utilizarla y seguir las indicaciones del fabricante. En caso contrario, se recomienda configurar el equipo en la potencia más baja posible. El objetivo no es derretir el queso, sino apenas comenzar a elevar su temperatura interna de forma gradual.
El tiempo inicial sugerido es de 30 segundos. Transcurrido ese lapso, se debe retirar el plato y revisar el estado del queso. Si todavía está duro o congelado en el centro, se vuelve a introducir por otros 30 segundos. Este proceso puede repetirse varias veces, siempre controlando el resultado entre cada intervalo. La cantidad de ciclos necesarios dependerá del tipo, del tamaño del bloque y del grado de congelamiento previo.

En aquellos que son blandos, como la mozzarella, es habitual que el calor actúe primero en la superficie, mientras el interior sigue firme. Por eso, si el bloque congelado resulta imposible de cortar, una estrategia útil es descongelarlo apenas hasta que pueda dividirse con un cuchillo de manera segura. Una vez fraccionado, los trozos se colocan nuevamente en el plato y se continúan los ciclos cortos en el microondas. Al aumentar la superficie expuesta, el proceso se acelera, aunque también requiere mayor atención para evitar que se derrita en exceso.
Desde el punto de vista de la seguridad alimentaria, especialistas coinciden en que el queso descongelado en microondas debe utilizarse de inmediato y no volver a congelarse. Además, es recomendable destinarlo a preparaciones calientes, como pizzas, tartas o sándwiches tostados, donde una leve alteración de textura pasa desapercibida.

El uso del microondas no reemplaza al método tradicional, pero puede ser una herramienta válida cuando se aplica con criterio. Potencia baja, tiempos cortos y control constante son las claves para evitar errores comunes. De esta manera, es posible recuperar un producto congelado y aprovecharlo sin resignar calidad ni seguridad en la cocina diaria.





