La gastronomía argentina sigue sumando motivos de orgullo internacional: el alfajor argentino, ese clásico dulce de nuestra tradición, fue reconocido por Taste Atlas como una de las mejores “galletas” —o “cookies”, en la jerga global— del mundo. Este reconocimiento pone en valor no sólo su sabor emblemático, sino también su fuerte identidad cultural y su enorme popularidad más allá de nuestras fronteras.
El ranking en cuestión —elaborado por Taste Atlas, una guía gastronómica global que compila reseñas y valoraciones de miles de usuarios y expertos culinarios— ubica al alfajor argentino en un destacado tercer lugar a nivel mundial entre las mejores galletas, detrás de especialidades dulces de Grecia (el melomakarona) y Argelia (el makroud el louse).
Un ícono criollo con sabor internacional
Taste Atlas describe al alfajor argentino como dos galletas redondas y tiernas unidas por un relleno tradicional de dulce de leche, aunque también menciona variantes con mermelada, cubiertas de chocolate o espolvoreadas con azúcar glas. Esa combinación simple, pero profunda en sabor, explica gran parte de su éxito global.

Más allá de la técnica o los ingredientes, lo que distingue al alfajor en los rankings internacionales —y que Taste Atlas subraya en su evaluación— es su equilibrio de sabores y su textura inconfundible, producto de años de evolución en la repostería local y de la impronta cultural que lo convirtió en una golosina identitaria.
De Andalucía al corazón de la cultura argentina
Aunque hoy lo asociamos inevitablemente con nuestro país, la receta del alfajor tiene raíces históricas que se remontan a Andalucía, España, donde el término proviene del árabe al-hasú —que significa “relleno”. Con la llegada de los colonizadores a América, este concepto se adaptó a los ingredientes locales y, en la Argentina, alcanzó una forma propia que lo distingue de otras versiones latinoamericanas.
En la actualidad, el dulce de leche —ese elemento esencial del paladar argentino— no sólo define el perfil del alfajor sino que también explica parte de su atractivo internacional. Al combinar la suavidad de la galleta con la cremosidad del dulce de leche, el producto logra un balance que apela tanto al gusto tradicional como a las expectativas de consumidores de otras latitudes.
Un podio que reafirma el prestigio del dulce criollo
El tercer lugar obtenido por el alfajor argentino en la lista de las “100 mejores galletas del mundo” confirma que esta golosina no es únicamente una delicia local, sino un alimento con capacidad de competir frente a miles de especialidades internacionales. El melomakarona griego —dulce navideño bañado en miel y especias— y el makroud el louse argelino —elaborado con almendras y perfumado con agua de azahar— ocuparon los dos primeros puestos, reflejando que los paladares globales valoran tanto las tradiciones como las identidades culinarias propias de cada región.

Este tipo de posicionamientos en rankings globales tiene un impacto importante no sólo en la reputación del alfajor como producto, sino también en la manera en que la cocina argentina se percibe internacionalmente. Clasificaciones como la de Taste Atlas, que recopilan miles de valoraciones de usuarios reales, funcionan como una especie de termómetro cultural: no solo miden preferencias, sino que también visibilizan productos emblemáticos de países específicos en escenarios globales.
El alfajor, más que un dulce: un emblema cultural
Para la Argentina, donde el alfajor acompaña meriendas, desayunos y celebraciones, este reconocimiento llega como una reafirmación de algo que los argentinos ya sabíamos: el alfajor no es solo un dulce más, sino uno de los símbolos más representativos de nuestra identidad culinaria.
Su lugar en el podio mundial no solo celebra la tradición repostera local, sino que también abre puertas para que nuevas generaciones y públicos internacionales se acerquen a un producto que combina historia, técnica y una impronta cultural profundamente arraigada en nuestra forma de comer y compartir sabores.

En definitiva, el alfajor argentino —con su dulce de leche, su textura y su carácter festivo— no solo sigue conquistando paladares dentro de nuestras fronteras, sino que ahora también brilla en los rankings que la gastronomía mundial observa con atención.






